Juan C. RuedaMedellín, Colombia

El problema no es la inteligencia, son los vatios

El miedo y la esperanza suelen apuntar a la máquina. Pero el asunto se está decidiendo en otra parte.

El miedo tiene capas

Cuando alguien dice que teme a la inteligencia artificial, casi nunca habla de una sola cosa.

La capa más concreta es la angustia por la eventual pérdida del trabajo y del medio de vida. Personas que llevaban quince años en contabilidad, ilustrando o atendiendo clientes ven que gran parte de lo que hacían ahora una máquina lo resuelve en segundos. No es solo especulación: ya ocurre. Y decirle a alguien de más de cincuenta años que aparecerán nuevos empleos no es consuelo suficiente.

Después está el miedo técnico. Nadie entiende del todo cómo funcionan estos sistemas por dentro, ni siquiera quienes los construyen. De lo poco que se conoce, se sabe cómo entrenarlos y medirlos, pero no cómo abrirlos y leer exactamente lo que están haciendo.

Y hay un temor que pesa más de lo que se admite: el político. Buena parte de la inquietud no es hacia la IA, sino hacia ese puñado de empresas y gobiernos con sus propios intereses y el poder de manejar una herramienta muy potente. Este miedo tiene poco de ciencia ficción y mucho de historia.

Además, está la herida cultural: décadas de películas donde la máquina se rebela, más el golpe de descubrir que escribir, componer o programar no era tan exclusivamente humano como creíamos.

La esperanza

Hay una posición que responde a todo esto con un argumento elegante. La inteligencia y la sabiduría son dos cosas distintas. Nuestra especie es prueba de ello: enormemente inteligente y al mismo tiempo proclive a la autodestrucción. La esperanza está quizás en la evolución cognitiva, basándonos en que a mayor profundidad de comprensión se puede alcanzar una visión más holística de la realidad, y con ella el desprendimiento del ego, acercándonos a eso que llamamos sabiduría, la cual considero buena por naturaleza.

No es una idea ingenua ni nueva. Es la tesis socrática, que Platón sostuvo en serio: nadie hace el mal a sabiendas. Spinoza pensaba que ver las cosas bajo el aspecto de la eternidad libera de las pasiones que nos atan a nuestra perspectiva particular. El budismo lo dice con anatta: el yo separado es un error de percepción, y verlo con claridad suficiente lo desarma. Y hay un caso moderno hermoso, el de Derek Parfit, que razonó durante años sobre la identidad personal, concluyendo que no era lo que creíamos, para finalmente describir el efecto como si las paredes de su túnel de cristal se disolvieran.

Los titanes y el volcán

Una versión más honesta del optimismo admite una fase intermedia peligrosa: titanes tecnológicos fuera de control, entropía pura, hasta que finalmente el equilibrio termine reinando.

Es una imagen antigua, poderosa, y por eso mismo conviene desconfiar un poco. La estructura de caos primero y orden después explica cualquier resultado. Si las cosas salen bien, se cumplió. Si salen mal, todavía estamos en la fase de los titanes. Una predicción que no puede fallar no dice mucho sobre el mundo, igual que los consuelos naturales. Después de la tempestad llega la calma, tras la explosión del volcán surgen tierras fértiles. Solo que el volcán no decide nada: ocurre, y lo demás es sobrevivirlo.

El problema no es la inteligencia, son los vatios

Y aquí la conversación da un giro que la vuelve práctica.

Lo preocupante no es que la IA se vuelva muy inteligente, sino que esa inteligencia se use más para producir armas que para generar energía limpia. Lo militar tiene presupuestos grandes, urgencia política y un incentivo competitivo que no espera. Nadie invade un país porque el vecino avanzó en fotovoltaica.

Pero hay un detalle que cambia el cálculo: la energía limpia es vital para la IA misma. Los centros de datos consumen cantidades enormes de electricidad y ya están chocando con la capacidad de la red en varios lugares. Eso crea un interés propio, nada altruista, y por eso mismo más aterrizado que la buena voluntad.

Lo interesante es que ya está ocurriendo en parte. Donde más se nota es en fusión: sistemas de aprendizaje por refuerzo que controlan el plasma de un tokamak en tiempo real, agentes que anticipan las inestabilidades que hacen colapsar la reacción con margen suficiente para corregir, y plataformas públicas que conectan laboratorios nacionales con las empresas que buscan construir plantas.

El problema es que, al menos inicialmente, el grueso del dinero de las empresas de IA no va a invertirse en inventar nuevas fuentes de generación. Va a comprarlas. Acuerdos nucleares, adquisiciones de infraestructura, contratos de gas natural para asegurar carga base. Cuando el interés propio manda de verdad, elige lo que enciende antes. Y ahí aparece el desajuste: la IA necesita megavatios en dos o tres años; la fusión y los materiales nuevos, de diez a treinta.

El interés propio garantiza energía abundante y barata. Lo ecológico sigue siendo contingente, y depende de precios y regulación más que de la inteligencia de nadie.

Lo verdaderamente sabio

De todo esto surge una conclusión que une las dos mitades del problema.

Lo verdaderamente inteligente y sabio a la vez sería sincronizar el interés económico con el ambiental. La inteligencia sirve para encontrar el mecanismo; la sabiduría, para querer buscarlo.

Es, además, la única solución que escala. Todo lo que depende de que la gente actúe contra su propio interés funciona un tiempo y luego se cae. Lo que se alinea con el interés se sostiene por sí solo.

Y hay varios precedentes que le dan peso. La energía solar pasó de ser lo caro que se hacía por convicción a ser lo barato que se hace porque conviene. Ese cruce no lo produjo un cambio de conciencia, sino décadas de subsidios, escala y manufactura. Cuando llegó, dejó de hacer falta convencer a nadie. La iluminación LED recorrió el mismo camino: nació como una excentricidad cara para quien podía pagarla, y hoy casi nadie compra una bombilla incandescente, no por conciencia, sino porque la LED alumbra más y cuesta menos. Los catalizadores en los autos fueron una imposición regulatoria que la industria resistió durante años; hoy son una pieza estándar, barata, que nadie discute. El Protocolo de Montreal, que salvó la capa de ozono, no dependió de que las empresas se volvieran buenas, sino de que encontrar alternativas a los CFC resultó más rentable que seguir defendiéndolos. Y las baterías de litio llevan tres décadas bajando de precio por razones que nada tienen de ecológicas: primero los teléfonos, después los autos, ahora la red. La escala hizo el resto.

La humanidad ya logró esa sincronización en varios ámbitos. Falta donde todavía no ocurre: almacenamiento de larga duración, cemento, acero, aviación. Ahí lo sucio sigue siendo lo barato, y por eso ahí se decide todo.

Bien manejada, la IA puede ser catalizador y acelerador de ese proceso, y las dos palabras dicen cosas distintas. Acelerador es hacer más rápido lo que ya iba a pasar. Catalizador es hacer posible una reacción que sin él no ocurriría, y quedar disponible para la siguiente.

Todo el peso está en esas dos palabras: bien manejada. No en lo que la IA llegue a ser, sino en lo que hagamos antes de que lo sea.


Sobre los oficios que una tecnología deja atrás, y sobre por qué el jinete no era tonto, hay este otro artículo.

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