Juan C. RuedaMedellín, Colombia

El ocaso del Pony Express

Una canción, un jinete y la sombra de un avión.

La canción

El siguiente texto está basado en una canción que escribí, luego de verme una vieja peli de vaqueros. Escúchala mientras lees.

Oh, mi querido jinete del Pony Express, el mundo está cambiando
Y aún no lo terminas de entender

El último de una estirpe antigua

Durante milenios, la velocidad máxima de una noticia fue la de un caballo.

Piénsalo. Los persas tenían su camino real. Los romanos, el cursus publicus. Los mongoles, esas postas que Marco Polo describió con asombro. Todos llegaron a la misma solución: jinetes y animales frescos cada cierta distancia, dentro de una red de estaciones sosteniendo el relevo. Tres mil años de ingeniería alrededor de una sola idea.

El Pony Express fue la última versión de esa idea, y la más refinada. Caballo nuevo cada quince kilómetros. Tres mil doscientos kilómetros de territorio hostil. Diez días. Llegó al límite de lo que se le podía sacar a un animal justo cuando el animal dejó de importar.

El primero en morder fue el telégrafo. En 1861 se completó la línea transcontinental y el mensaje dejó de viajar al paso de un animal para empezar a viajar a la velocidad de la electricidad. Lo que el jinete cruzaba en diez días, el cable lo cruzaba en minutos. Ninguna mejora del caballo, de la silla o de la ruta podía competir con esto. No era cuestión de correr más rápido: era que correr había dejado de ser la respuesta.

Después llegó el tren, y el jinete tuvo compañía en su ocaso. Las diligencias que habían sido la columna vertebral del viaje por tierra. Las caravanas de carretas que abrieron los caminos hacia el oeste. Los boyeros que marcaban el ritmo de las mercancías durante meses enteros. El ferrocarril transcontinental se completó en 1869 y en poco más de una década el Camino de Santa Fe, que había movido comercio durante sesenta años, quedó reducido a una huella en el pasto. Los arrieros de nuestras montañas, que subieron el café a lomo de mula y fundaron pueblos por el camino, aguantaron un poco más porque el terreno los protegía. Pero también a ellos los alcanzaron primero el riel y después la carretera.

Y después llegó la aviación, que es donde la canción pone el ojo. El avión no mató al jinete. Ya estaba muerto. Hizo algo más definitivo: volvió irrelevante la geografía misma que le daba sentido al oficio. El jinete existía porque había distancia, montaña, río, desierto. Cuando la ruta se despega del suelo, todo eso deja de ser un obstáculo que alguien tiene que vencer con el cuerpo.

Y queda una vuelta más. La que impide que esto sea un cuento simple sobre el progreso. El telegrafista que enterró al jinete se convirtió, él también, en un oficio de otra época. Lo desplazaron el teléfono, el télex, el fax y finalmente el correo electrónico. Western Union dejó de enviar telegramas en 2006. El que gana una vuelta rara vez se entera de que también está montado en un caballo.

Lo que hay debajo

El estribillo insiste en que el jinete no termina de entender. Pero la letra dice otra cosa cuando se la mira de cerca. Aferras las riendas con manos de cuero y orgullo. Eso no es ignorancia. Es fidelidad. Y el diagnóstico incomoda más, porque la ignorancia se cura con información. La lealtad no. El jinete entiende perfectamente lo que viene. Lo que no puede es dejar de ser lo que es.

La primera estrofa esconde la imagen más cruel de toda la canción, y funciona porque no se subraya. El jinete aplaude piruetas en un rodeo mientras se burla del avión. Pero el rodeo es exactamente lo que le espera. El destino de los oficios desplazados rara vez es la extinción. Es el espectáculo. El vaquero sobrevive como número de feria. La destreza deja de ser trabajo y pasa a ser exhibición. El galope se convierte en algo que la gente paga por mirar un domingo. Él está aplaudiendo su propio futuro sin reconocerlo.

Después viene el giro que sostiene todo lo demás. No es odio a tu galope, ni desprecio a tu sudor. Sin esa estrofa, la canción sería una celebración del progreso escrita desde la comodidad del que ganó. Con ella es una elegía. Es la misma distancia que separa un análisis honesto del desplazamiento laboral de un panfleto sobre innovación.

Y está la línea que, a mi juicio, carga con el peso del tema entero: No es que el camino se acabe, es que el mapa ha cambiado. Ahí está formulado el problema con una precisión que la prosa rara vez alcanza. El esfuerzo no se vuelve inútil. Se vuelve irrelevante, y eso duele más. El jinete sigue siendo rápido. Lo que cambió es que la velocidad dejó de ser el valor.

El rayo domado merece un párrafo aparte porque no es una metáfora libre. El telégrafo fue la primera domesticación práctica de la electricidad. Así que el futuro es un rayo que el hombre ha domado es literalmente lo que estaba pasando en 1861. Ciento sesenta años después seguimos discutiendo lo mismo, con el rayo mucho más grande y las mismas preguntas sobre quién decide para qué se usa.

El último verso se niega a decidir. Adiós, jinete.. el cielo te ha alcanzado. Cielo como aviación y cielo como muerte. La canción no dice si esto es un triunfo o un funeral. Hace bien. Probablemente es las dos cosas. Y esa ambigüedad resulta más honesta que cualquier conclusión.

El jinete de hoy

La tentación obvia es trasladar todo esto al presente y señalar a los jinetes de ahora. El contador. El ilustrador. El de servicio al cliente. El asistente o la secretaria. Es un ejercicio fácil y en gran medida acertado.

Pero hay algo que conviene decir antes de hacerlo. Es lo que me sigue inquietando de mi propia canción.

Podemos ser tiernos con el jinete del Pony Express porque sabemos cómo terminó la historia. El telégrafo funcionó. El avión voló. El mundo que vino después resultó habitable, y bastante mejor en casi todo. Esa ternura es retrospectiva. Solo existe desde el lado que sobrevivió.

Los que están viviendo el cambio no tienen esa información. Nadie les garantiza que del otro lado haya algo. La frase el mundo está cambiando suena a sabiduría cuando la dice quien ya vio el final. Suena a amenaza cuando la escucha quien está adentro.

Por eso la canción no es del todo un consuelo. Es un recordatorio de que los relatos sobre el progreso se escriben siempre desde la orilla. Y de que en la orilla no están todos.

Pony Express - Letra

Oh, mi querido jinete del Pony Express, el mundo está cambiando
Y aún no lo terminas de entender
Aplaudes en el rodeo las piruetas de tu especie en extinción
Mientras te burlas en tu interior de los intentos fallidos
De quien trata de hacer volar la bizarra idea de un avión

El horizonte se ensancha, jinete
Y el telégrafo empieza a morder
Distancias otrora eternas
Día que concluye en su hermoso atardecer

Oh, mi querido jinete del Pony Express, el mundo está cambiando
Y aún no lo terminas de entender
Oh, mi querido jinete del Pony Express, el mundo está cambiando
Y aún no lo terminas de entender

Aferras las riendas con manos de cuero y orgullo
Mientras el aceite salpica tu vieja lealtad
Te ríes del ruido, de ese torpe y extraño murmullo
Sin ver que la sombra del ala será tu nueva realidad

No es odio a tu galope, ni desprecio a tu sudor
Es que el tiempo no perdona ni al más noble corredor
Hoy las nubes se conquistan, los cables van a hablar
Y el galope de tus sueños... se tendrá que retirar

Oh, mi querido jinete del Pony Express, el mundo está cambiando
Y aún no lo terminas de entender
Oh, mi querido jinete del Pony Express, el mundo está cambiando
Y aún no lo terminas de entender

No es que el camino se acabe, es que el mapa ha cambiado
Y el mensaje ya no viaja al paso de un animal
El futuro es un rayo que el hombre ha domado
Y tú eres el último eco de un sueño rural

Oh, mi querido jinete del Pony Express, el mundo está cambiando
Y aún no lo terminas de entender
Oh, mi querido jinete del Pony Express, el mundo está cambiando
Y aún no lo terminas de entender

El mapa ha cambiado
El rayo está domado
Adiós, jinete... el cielo te ha alcanzado.

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